Una mañana de domingo tranquila y deliciosamente ociosa,
mientras mordisqueaba una tostada, veo en la contraportada del diario una frase
que me pareció tan llamativa como extraña: “Yo
he sido rico y he sido pobre, y es mucho mejor ser rico”, decía. Y un tipo
contaba una historia de esas típicas de yo
empecé con un carrito y ahora tengo una cadena de supermercados; el cuento
era olvidable, pero la frase se quedó conmigo y me ha rondado siempre. Porque
parece una obviedad, pero no lo es.
La gente que tiene dinero, mucho dinero, no suele reconocer
abiertamente que eso es infinitamente mejor que ser pobre. Suelen decir cosas
como que todos podemos si queremos, se intentan igualar al resto de la
humanidad apelando a la subjetividad de la felicidad, la salud y el amor, a que
en la dedicación está la clave y todo tipo de embustes variados que incluyen
estudios certificados por ellos mismos. Cuando, la realidad, es que ser pobre
es una mierda.
Una mierda muy compleja.






