Estoy agotada. He tenido uno de esos días en que eliges mal la ropa y te pasas las horas intentando entrar en calor sin conseguirlo. Lo primero que haces al llegar a la oficina es chocar de mala manera con la punta del escritorio (morado gigante en el muslo); se te caen las cosas de las manos todo el rato, desde el bolígrafo al tenedor, todo, y la humedad ambiental hace que tu pelo parezca de lana. El viento en contra, y encima, con partículas que parecen piedras volcánicas que se meten en los ojos y arrasan con el rímel.
Camino diez calles en busca de un lugar para coger impulso y ánimo. Me meto en un café para ver si puedo darle un giro a la jornada comiéndome algo muy rico y muy dulce . Viene la camarera, a la que seguramente le pagan poco, pero yo no tengo la culpa, y ni buenas tardes ni nada, “cerramos en 20 minutos”, me tira la carta y se va.
Justo lo que me faltaba, pagar para que me traten mal. Me voy porque nunca es buena idea discutir con la persona que tocará tu comida. Me duelen los pies y sigo teniendo frío y ahora, hambre.






