Un día un músico que me gustaba hizo una canción muy
divertida que no decía nada. La letra era sólo una exclamación malsonante
repetida todo el rato. En un momento explicó que la hizo porque había escuchado
la conversación de dos hombres donde uno
contaba su dolorosa ruptura y el otro sólo le decía: “ch bah, puta la güeá” (algo como: ¡qué mierda! o ¡qué mala pata!). O sea, nada.
Cuando un hombre que ronda los 40 años dice que no está
preparado para tener una relación (sentimental) sus amigos le dicen “sí, claro,
por supuesto”, y le ayudan a buscar argumentos sencillos y reconfortantes sobre
cómo tendría que ser la mujer “adecuada”. Le ríen las bromas y se esmeran en
abrillantarle la soledad con expresiones de júbilo y sana envidia por la
“libertad” de que disfruta como “soltero”.
En serio. Lo escuché, lo he visto, y más de una vez.
Mirando en silencio, porque estaba ahí de colada, asistí a
un momento masculino, desde el fuera de cuadro. Pero aunque hubiese querido
decir algo, no habría sido posible, cierto asombro y la desventaja no sólo
numérica, sino de conceptos comunes me dejaba totalmente impedida para
participar.






