Chica de Artó

Chica de Artó
Artó

jueves, 17 de julio de 2014

Versión masculina



Un día un músico que me gustaba hizo una canción muy divertida que no decía nada. La letra era sólo una exclamación malsonante repetida todo el rato. En un momento explicó que la hizo porque había escuchado la conversación de dos hombres donde uno  contaba su dolorosa ruptura y el otro sólo le decía: “ch bah, puta la güeá” (algo como: ¡qué mierda! o ¡qué mala pata!). O sea, nada.


Cuando un hombre que ronda los 40 años dice que no está preparado para tener una relación (sentimental) sus amigos le dicen “sí, claro, por supuesto”, y le ayudan a buscar argumentos sencillos y reconfortantes sobre cómo tendría que ser la mujer “adecuada”. Le ríen las bromas y se esmeran en abrillantarle la soledad con expresiones de júbilo y sana envidia por la “libertad” de que disfruta como “soltero”.

En serio. Lo escuché, lo he visto, y más de una vez.

Mirando en silencio, porque estaba ahí de colada, asistí a un momento masculino, desde el fuera de cuadro. Pero aunque hubiese querido decir algo, no habría sido posible, cierto asombro y la desventaja no sólo numérica, sino de conceptos comunes me dejaba totalmente impedida para participar.

jueves, 10 de julio de 2014

Santas inocentes



No sé exactamente en qué minuto de la vida nos empezamos a meter en esto del sacrificio. Debe ser como casi todo, un proceso. Traemos la marca de agua, la herencia de nuestra  santa madre y de todas las santas que se han cruzado en nuestra vida para demostrar que la fortaleza de una mujer no tiene límite. Porque cuando pareciera que se ha llegado a lo máximo, que no podemos más, alguien nos llama, y vamos.
La coronación en esto de darlo todo hasta la extenuación nos llega con la maternidad, y se va extendiendo y abarcando al resto de la casa.
De pronto nos empezamos a comer el huevo frito que se reventó, la tostada que se quemó, los restos de otros platos ahora forman el nuestro. Es uno de los síntomas que nos confirma que vamos recto y rápido por la avenida de las santas inocentes.
Somos las primeras en levantarnos, las últimas en acostarnos y entremedio, todo para que el sistema se fortalezca con nuestra energía.

jueves, 3 de julio de 2014

Campo de batalla



Hace un montón de tiempo fui a ver una exposición sobre grandes escritores y lo primero que vi, fue un texto que decía: “La soledad en pareja es el infierno consentido” (de M. Houellebecq).  Seguí el recorrido intuyendo que era una gran frase, pero la verdad, no la entendí.
Porque hay cosas que no se comprenden hasta que se viven. Intenta tú explicar la maternidad, la tristeza infinita de una muerte, la agonía de no tener, el miedo… Bueno, claro que se pueden contar, pero en carne viva es otro asunto.
Que tampoco tiene nada de malo porque francamente hay muchas cosas a las que no quisiera ni acercarme y encantada de que me las cuenten, pero debo reconocer que, a veces, son ellas las que se nos vienen encima.
Como esto de la pareja y de sentir que se rompe todo, que no hay nadie, que te has equivocado y que el silencio anterior al despertador o el ruido doméstico te parten por la mitad.
Sé que todas las que vivan en pareja sabrán de qué hablo cuando digo que hay días en que firmarías la ruptura sin importar cuánto pudiera costarnos. Por lo general no son cosas que se admitan de buenas a primeras, pero como mínimo un par de días al mes (y a veces a la semana) no quiero a mi marido y no entiendo cómo he llegado hasta donde estoy ni cómo he podido enredarme tanto en algo que no me explico cómo va a llegar a mañana.

jueves, 26 de junio de 2014

Dicho y hecho!

aldeo.cl

Uno de mis tíos durante un almuerzo familiar le tiró el plato a su madre, mi abuela, porque no le pareció bien el trozo de carne. Yo tenía cuatro años y estaba escondida debajo de la mesa, escapaba de mis primos que me perseguían en un juego alegre y emocionante, completamente ajeno a la trifulca del comedor. Ahí debajo, sin ver muy bien lo que pasaba, escuché todo lo que se dijo. Nunca logré querer a mi tío. Nunca.
Muchos años después, él enfermó de cáncer y sufrió un deterioro físico tremendo y yo seguí sin poder quererlo. No lo quise cuando estaba sano, no lo quise cuando estuvo enfermo, no lo quiero ahora que está muerto.
Por decir cosas como estas mi madre “se quiere morir” y mi padre, desde lejos, mira para otro lado advirtiendo que a él no le gusta que le perturben el día.
Decir las cosas que uno piensa, en mi familia, a mi alrededor, siempre fue un derecho casi exclusivamente masculino. Decir que la carne no te gustaba y de paso tirar lejos el plato, o lanzar fuego por la boca, era algo que sólo los hombres podían hacer sin tener luego ni que recoger los trozos. 
Después ya venía la esposa, la madre o la hija para poner paz y limpieza donde sólo había desparramo de porquería, ya fueran palabras disonantes que aún flotaban o restos de comida y loza quebrada esparcida por el suelo.

jueves, 19 de junio de 2014

Ojos de niña, la mirada inquieta.



Cuando alguien dice “madre hay una sola” siempre otro contesta, medio en broma medio en serio, “¡menos mal!”.
Ahora hay muchas combinaciones posibles de familia y es estupendo que así sea. Lo que seguramente no cambiará nunca es la carga compleja y determinante que tiene la relación con los padres.

Lo que una madre o un padre vive con sus hijos es toda una madeja de emociones. Una historia marcada por instantes y tradiciones eternas que dan forma a un vínculo multicolor, tan lleno de nudos que muchas veces no hay vida que alcance para resolver.

Si tú le preguntas a una mujer con más de un hijo, siempre te dirá que para ella, todos sus hijos son iguales. Primer sobresalto, porque no habrá hermano que, en el fondo, no tenga ganas de salir a rebatir esta afirmación tan “mítica”.

jueves, 12 de junio de 2014

Copas y coronas



Fui a comprar un marco de fotos y encontré uno muy adecuado en una de esas cadenas de tiendas que venden mil cosas lindas e innecesarias a precios muy razonables (razonables para mí, no para el menor de edad que las ensambla en Blangadesh) y le digo al chico de la caja si puede ponerme uno de los cientos de papeles para envolver que tiene ahí para que no se vaya a quebrar el cristal, y me dice: “los papeles son sólo para las velas”. Hice un breve intento de convencerlo, pero me di cuenta de que sería imposible.

Él tenía su respuesta aprendida y bueno… ya se sabe que eso de que “el cliente siempre tiene la razón”, es un fenómeno comparable a escribir con pluma.

El chico además de estar uniformado por fuera y por dentro tiene la encomiable labor de proteger los intereses de otro. De alguien que está tan leeeeeeejos de él que ni lo ve. 

Deseándole un buen día y esperando que lo nombren “empleado del mes” me tuve que  ir con el marco bien agarradito para que no se me fuera a romper.

jueves, 5 de junio de 2014

Un buen trato



Estoy agotada. He tenido uno de esos días en que eliges mal la ropa y te pasas las horas intentando entrar en calor sin conseguirlo. Lo primero que haces al llegar a la oficina es chocar de mala manera con la punta del escritorio (morado gigante en el muslo); se te caen las cosas de las manos todo el rato, desde el bolígrafo al tenedor, todo, y la humedad ambiental hace que tu pelo parezca de lana. El viento en contra, y encima, con partículas que parecen piedras volcánicas que se meten en los ojos y arrasan con el rímel.

Camino diez calles en busca de un lugar para coger impulso y ánimo. Me meto en un café para ver si puedo darle un giro a la jornada comiéndome algo muy rico y muy dulce . Viene la camarera, a la que seguramente le pagan poco, pero yo no tengo la culpa, y ni buenas tardes ni nada, “cerramos en 20 minutos”, me tira la carta y se va.

Justo lo que me faltaba, pagar para que me traten mal. Me voy porque nunca es buena idea discutir con la persona que tocará tu comida. Me duelen los pies y sigo teniendo frío y ahora, hambre.