Lo que para algunos puede ser la foto de una tragedia, para otros es un emblema de la más pura alegría.
Porque para unos un muerto es una pérdida atroz y para otros cuenta como victoria.
Frente a un río de teorías que hablan de si es bueno o malo “mostrar” y cruzar una sinuosa línea ética para exhibir ciertas cosas, es habitual encontrar que muchos se cubren con la manta de una muy cuestionable libertad de expresión para enseñar al público escenas terribles, cadáveres de niños y trozos de personas esparcidos entre escombros; y yo creo que esto está mal, pero muy, muy mal.
¿Has visto alguna vez en algún medio de comunicación con licencia para emitir, una sola imagen de algunos de los miles de muertos que hubo en el atentado de las Torres Gemelas?. La respuesta es simple si dejamos al margen las cloacas y lo clandestino. No se difundieron imágenes de aquella terrible tragedia, no se mostraron al mundo esos muertos más que en brillantes ataúdes cubiertos por impecables banderas, y muy brevemente y desde lejos.
¿Por qué? ¿Acaso porque no había trocitos de gente por ahí para enseñar? ¿O porque a la gente que saltaba por las ventanas no se les pudo hacer buenas tomas? No, no se vio nada de eso, por respeto a los propios muertos, a sus familias y porque mostrarlo no ayuda a entender nada, sino sólo a alimentar un morbo salvaje.
¿Por qué en cambio no paramos de ver niños palestinos, sirios, o de algunas zonas de África muertos o medio muertos mirando a cámara?
Porque el dolor y el respeto ante la muerte, la enfermedad o la guerra no es igual para todos.






