Chica de Artó

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Artó

martes, 17 de marzo de 2015

El matrimonio



Tengo una amiga que añora estar casada. Es una mujer que no ha vivido con una pareja ni un solo día y yo me pregunto: ¿Cómo es posible desear (y desearlo tanto además) algo que no tienes ni la más remota idea de lo que es?.

Se habla mucho de amor, de la pareja ideal, del amor en febrero, en otoño y en Nueva York. Al final de los cuentos o se casan o el cuento es una porquería negra que no le gusta a nadie.

Es verdad que las cosas han cambiado mucho (en algunos lugares del mundo, en otros nada), pero se habla más bien poco del matrimonio más allá de la fiesta y el baile.

Da la impresión de que por un lado hay toda una legión de mujeres deseando vivir el “día más importante de su vida” vestida de blanco o azul o del color que sea, pero queriendo dar el gran paso. Y por otro, pareciera que hay un montón de resentidas, lesbianas, peludas o peladas,  que odian a las hombres.

En el medio, las casadas de verdad, que luchamos día a día por mantener a flote una embarcación estratégicamente diseñada para hundirse en tiempo record.

viernes, 6 de febrero de 2015

Batallas caducadas

 Lo que para uno es un nueve para el otro es un seis.


Hablaba ayer con unas mujeres a las que quiero mucho, y a las que además, me une la sangre. Una de ellas no podía entender el comportamiento descariñado de alguien muy importante en su vida . “¿Cómo es posible que sea así conmigo?”, decía, refiriéndose a que una de sus hijas no es todo lo afectuosa y atenta que ella espera.

Yo, con toda la sutileza que soy capaz de tener (que a veces no es mucha) le intenté plantear que, tal vez, había algo… cierto rencor antiguo que aún está ahí clavado y que le impedía a su hija ser más amorosa. “Tal vez faltaste cuando ella te necesitó”, le dije. Y hasta me permití citar hechos concretos por los que, tal vez, su hija podría ser un poco fría. Pero ella mencionó otros y acabó segura de que la indiferencia de su hija nace de un corazón frío y celoso que se alimenta de cierto gusto por el conflicto.

¿Y te digo algo? Acabé  encontrándole bastante razón.

jueves, 29 de enero de 2015

La muerte de mamá

Hace poco, muy poco, que ha muerto mi madre. 
Para mí ha significado una batalla descarnada que he perdido yo más que ella. Inesperada, terrible, impactante y dolorosa, su desaparición de mi vida me tiene desconcertada, helada ante una tristeza nueva, sin antecedentes. 


"San José, hospital y santo"


Con la muerte en la nariz, en la piel, en los zapatos, pegada a la ropa, a esos pantalones tejanos infectados de lágrimas secas…
En el taxi del hombre bueno que me llevó sin dejarme pagarle unas diez de las cuarenta y tres veces que fui al hospital.
La señora de las flores que no para de ofrecerme sus claveles frescos  mientras intento acatar la orden divina.
Acabaré comprándole muchos más de los que ella pensaba venderme ese día domingo en que caía una lluvia cobarde que no es gota ni bruma, sólo un manto de humedad que confirma el miedo y delata a la angustia.
Con esa chaqueta negra de mi hermana pequeña con la que parezco una colegiala perdida que no estudió y viene con la nota roja arrugada en el bolsillo.
Sin paraguas, sin maquillaje, sin haber comido nada en cuatro días; caminando sin mirar a nadie, atenta sólo al crujir de la pisada cansada, pero sin peso, intento seguir recto por una línea imaginaria en el pavimento lleno de hoyos y charcos en los que flota sólo mugre.
Camino sin miedo entre los mendigos, borrachos, perros heridos y drogadictos que viven de madrugada entre cajas y latas en los recovecos de un hospital que colinda con el cementerio, y para colmo, frente al oncológico infantil, a un costado de la morgue y demasiado cerca del manicomio. Y no me lo invento, es así, como si fuera lo más lógico y no lo más brutal.
Farmacias y funerarias compiten con ofertas especiales para la gente como yo que pide sin amabilidad y con la voz agrietada por la desesperanza, ungüentos, jarabes y pastillas que distraigan a la fatalidad.
Mi madre muere poco a poco, lentamente, sin mirarme ni un sola vez en ese lugar con nombre de santo milagroso.  
Me gustan los árboles viejos y resistentes que crecen silentes y fuertes entremedio de la desgracia, el accidente, la agonía y los nacimientos.
Me gustaría ser un árbol de esos que han sabido estar ahí por tantos años y a pesar de todo, ¡qué tranquilos se ven!. Saben algo que yo ignoro.

jueves, 2 de octubre de 2014

Las cosas por su nombre



Hay palabras que no soporto, algunas me violentan y otras me perturban, como el “maraca” chileno, que es la versión criolla de puta, pero vulgarizado hasta el extremo. Y ahora vuelto a poner de “moda” por unos iluminados empresarios, hijos de empresarios y nietos de empresarios, que han hecho de lo “popular” un excelente negocio.

Ni “maraca” es divertido ni “te voy a meter no sé qué hasta no sé dónde…” es un halago, simplemente porque por definición un halago tiene que agradar y no puede ser obligatorio tener que verle la “gracia” al tan mal llamado piropo callejero porque de lo contrario eres una amargada o “tonta grave” como encima se permiten llamarnos a todas las personas que no compartimos ese “sentido del humor” tan de macho campestre.

La costumbre de piropear con groserías a las mujeres por la calle es una tradición en muchos lugares (en otros está tipificado como delito) que se cobija bajo el manto de otro atributo enaltecido a  cualidad y con denominación de origen: la “picardía”; un recurso que sirve para todo. Para insultar con chistes, inmiscuirse en asuntos privados, para robar, para mentir y también para mantener al machismo como emblema nacional.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Un tipo duro




Se acaban de cumplir 10 años de la muerte de Marlon Brando, divino, guapo, ícono de una generación, actor de indiscutible talento. Un hombre adorado por millones de personas por su rudeza, su carácter firme y su mirada de pantera.
Su vida personal fue algo menos “adorable” y el famoso actor que encarnó como nadie al hombre recio y rebelde,  llegó a tener más de una docena de hijos con distintas mujeres de los cuales uno acabó suicidándose, otro en la cárcel y varios un poco intoxicados.
El trabajo más comentado de  Brando es sin duda la encarnación de Stanley Kowalski en  “Un tranvía llamado deseo”, su película clave, mil veces citada, imitada y venerada. Yo la primera vez que la vi me quedé con los ojos como platos. La historia es criminal con las mujeres (con todas), con un grado de violencia que me tuvo con el estómago recogido mucho más que “Alien” . Un griterío bestial durante toda la cinta porque Marlon en el rol de macho cabrío y vulgar está fantástico.  No para de vociferar y repartir amenazas y bofetadas enfundado en una camiseta blanca que luego se convertiría en el uniforme de los “rebeldes sin causas”.  Me gusta. Es una muy buena película, recomendable sobre todo porque resulta inolvidable.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Después de una traición



Una traición puede tener muchas formas y una venganza también. Dicen que el libro que acaba de publicar la  ex pareja del presidente francés es una represalia. Puede ser. Desvela cosas íntimas y dice cosas “terribles” del mandatario socialista (que al parecer de socialista tiene bien poco) que la engañó con una joven y popular actriz, de lo cual la vengativa Valerie Trierweiler se enteró por la portada de una revista.

Y un poco más allá está Berlusconi pagando 3 millones de euros al mes a su ex mujer que, de  momento, no ha tenido la necesidad de escribir ningún libro ni de dar entrevistas.

También me acuerdo de Mia Farrow, que a pesar de ser una reconocida activista en favor de la paz, hizo todo lo posible para destripar a Woody Allen en Times Square por haberse “enamorado” de su hija.

Sinceramente, creo que es muy difícil quedarse calladita ante una traición. Y no me refiero a las infidelidades solamente, las hay de muchos colores y formas. Digerir una traición es, me atrevo a decir, imposible. 

Vernos atravesadas por una daga envenenada de alguien a quién tenías por “uno de los nuestros” es imposible de encajar bien. El rencor es una mala hierba que crece a pesar de todo; tarde o temprano aflora  y no como una rosa.

viernes, 12 de septiembre de 2014

¿Y ahora quién podrá ayudarme?



Cuando nos hacemos grandes las relaciones con las personas más cercanas se transforman drásticamente, entre otras cosas, los cariños se comienzan a ejercer de manera más “igualitaria”; se terminan los superhéroes, las hadas madrinas y todos esos personajes que venían en tu rescate.

Nuestros padres se desplazan de la primera línea de fuego y cuelgan el cartel de "no molestar"  y todos los que de alguna manera nos cuidaban se vuelven medio transparentes.

Y nosotras entramos en el universo del adulto dando sendos pasos hacia la  tan ansiada autonomía para ganarnos un lugar propio en el mundo.

Bueno, ganar ganar… sí, en muchos sentidos sí.  Se gana libertad, poder de decisión, independencia, pero también se pierde un poco. Como en casi todo.

Decían el otro día que una de las claves para ser feliz es el sentimiento de compasión, entendido como eso que nos conmueve y nos impulsa a ayudar a otra persona. Donde va metido lo de dar para recibir, la socorrida empatía con eso de no hacerle a otro lo que a uno le gustaría que le hicieran, etcétera. Cosan tan repetidas y manoseadas que han acabado por sonar ridículamente bíblicas, y nada más.