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Este post lo hice para mi mamá, hace hoy justo dos años. Ahora mi mamá, no está. Ha muerto. Y este texto cobra especial valor porque lo leyó viva, contenta y emocionada. Y hoy me siento muy afortunada de que así haya sido.
Hace un tiempo empecé a darle cuerpo a una idea de esas difíciles de explicar. Se trata, dicho muy a la rápida, de escribir cosas para leer después de que la gente que ha sido importante para mí haya muerto, discursos para funerales, vamos.
Quise escribirlos ahora porque si bien hay una cronología
lógica de acontecimientos vitales, la vida, muchas veces, no es nada lógica ni
ordenada.
Ya tengo algunos terminados y al leerlos pensé: me gustaría
leérselos a los protagonistas, lo cual será imposible si sigo la instrucción,
así que decidí emprender otra serie y escribir pequeños homenajes que, ojo, no
serán necesariamente alabanzas, sino sólo algo que quiero decirle a otras
personas, pero siendo amable que, según mi padre, es clave para resultar
efectiva (ja).
Voy a comenzar por lo primero, por el origen, por mi madre.
Por favor, no llores.
Ser madre es lo más inesperado que le puede suceder a una
mujer sensible como la mía mama.





