Por esas cosas de la vida y que no viene a cuento explicar,
últimamente me ha tocado salir bastante por la noche. Volver a salir en plan
social, digamos.
Debo confesar que había pasado un tiempo desde mi abandono
de las pistas nocturnas.
Para mi sorpresa hay algunas cosas que han cambiado un poco,
sobre todo lo que tiene que ver con los móviles, las aplicaciones para ligar y
etc. Pero lo que no ha cambiado nada es el interés de toda la vida, ese que se
persigue desde el origen de los tiempos: la conquista.
Todos y todas nos parapetamos con lo que haga falta para ver
si ganamos algo en el juego de la seducción nocturna. Miradas llenas de rímel y
chicos con las frases ingeniosas bien aprendidas se lanzan a la nuit con el afán de recoger, por lo
menos, unos cuantos piropos y alguna proposición.
Es muy divertido observar a un sin fin de estereotipos
intentando encontrar su par. El musculoso busca a la flaca tetona, el de cara
difícil a la chica divertida, el gordito que se apunta a lo que venga, el pijo
que busca pija, la mujer madura que se cuida y no renuncia a dar con uno al que
aún le quede pelo… Ahí están todos, estamos todos. Los de siempre, los mismos.
Pero quiero hablarles de un tipo de hombre con el que yo,
hasta ahora, no me había encontrado a pesar de contar ya con denominación de
origen y que me ha dejado perpleja. Los teen-adults.