Cuando termina una película me empeño a fondo en leer todos
los nombres que aparecen en los créditos, llevo años y aún hoy me resulta imposible. Para qué pondrán
tanto nombre si no los lee casi nadie, a quién le puede interesar quién hizo
qué. Más allá de los diez primeros actores son sólo letras amontonadas que
pasan sin sentido hasta la C de copyright.
¿Te digo para qué los ponen? Para que cada uno se lea a sí
mismo. Para que el que sale, se busque, se encuentre y halle la paz al verse
ahí, reconocido.
Hasta hace muy poco no fui consciente de que existía esta
ansiedad, este deseo generalizado por el aplauso, por el agradecimiento público,
por el trofeo, por la mención honrosa… en cualquier categoría, da igual.
Las madres, ya lo sabemos, esperan por lo menos el tatuaje en
el brazo y de ahí para arriba todo es poco para premiar su encomiable labor,
pero no son las únicas afectadas por el afán. Todos tenemos el bicho dentro.





