Chica de Artó

Chica de Artó
Artó

martes, 26 de noviembre de 2013

Este país: fin


Mercado Central de Santiago


Ahora no tanto, pero “gente de esfuerzo” era una expresión muy común para referirse a los pobres. La usaban sobre todo, otros pobres.
Durante mucho tiempo no supe bien qué quería decir, supuse que era una manera algo más respetuosa para referirse a los que no tienen dinero.
Pero luego me di cuenta de todo lo que significa y la enorme verdad y dureza que encierra ese esfuerzo, para esa gente, que no soy yo, que no eres tú.
Desde niña me tocó transitar mucho por la zona del Mercado Central, de la Estación de trenes  que no llegué a ver nunca con trenes, y que como  casi todos los barrios con terminales del mundo,  es un lugar popular, lleno de gente caminando rápido, sudando en verano y soplando vapor en invierno, trabajando con esmero para vender sus productos en jornadas sin fin.
Puente

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Este país: capítulo II


Sabina


Y sigo yo pensando que aquí todo el mundo está desquiciado, y mira que lo digo yo, que soy totalmente “locapordento".
Pasado y superado el proceso de adaptación, me encuentro finalmente con mi estado natural y me doy de bruces con las razones que una vez tuve para tomar distancia.
Un día alguien dijo: “Chile tiene dos problemas: la delincuencia y la familia”.  Aquí, en mi país, nunca me han robado, sólo te digo eso.
Cuestiones sanguíneas aparte, me doy cuenta de que el temple local no se debe sólo a una alimentación rica en picante, sino también a que la mayoría de las personas vive desde las entrañas. Hombres y mujeres, todos, actúan movidos por los más profundos (o profanos) sentimientos.
Los hombres están todo el tiempo adulando  a “las minas” , con el piropo en la punta de la lengua, intentando a ver si,  por obra o gracia, les sale un polvo, un roce o un tocamiento casual. Todos, sin excepción te miran el culo y las pechugas como primer saludo… luego ya veremos.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Este país: capítulo I


Desde el avión
El enfrentamiento con lo que es tu origen puede resultar un poco violento según como se haga la entrada. Si vienes desde otro país al tuyo (mi caso justo ahora) el choque resulta aún más desconcertante, porque llevas un montón de tiempo sintiendo que estás en el margen y que debes venir en avión  hasta el centro para poder ejercer de “guinda de pastel”; y resulta que el añorado pastel no es tan rico ni tan cremoso como parecía desde lejos.
Fenómeno que también aplica a circunstancias más personales como cuando dejas de ser hija para ser madre, o hermana para ser prima lejana, o amiga que ahora es foto, etc.
Pero hoy voy a referirme a esta llegada a mi ciudad natal y al reencuentro con lo que en rigor es mío y que me ha dado algo más que un pasaporte.
Todos sabemos lo fortuito que es el lugar en el que nacemos, la familia que te toca y la mayoría de las circunstancias en las que apareciste sin que nadie te preguntara nunca nada. No obstante, esto determina toda tu vida.
Lo más fácil y lo primero que te sale del alma son unas ganas casi incontenibles de salir huyendo cuando ves ese gran letrero de bienvenida con la imagen publicitaria de un presentador de la tele que suponías muerto desde hace décadas.

martes, 1 de octubre de 2013

El silencio de Dios


"El Silencio" (Bergman)

Hay momentos en la vida en que se alborota tanto tu mundo interior como lo que te rodea. Algún hecho, algo,  viene y te sacude a lo bestia. No tiene porqué ser algo malo, me refiero a esas cosas que pasan y alteran el orden de los factores y, por tanto, al producto (tú).
Cuando ese evento es algo individual, algo que te afecta a ti principalmente y sólo por añadidura a otros, es mucho más complicado que cuando entra una ola por la ventana y se lleva todo por delante, porque estos acontecimientos propios nos crean una crisis donde el nudo rodea sólo tu cuello. El intríngulis es todo para ti.
No sé si te ha pasado, pero hablo de cosas como llevar (o no) un embarazo adelante, una declaración de amor que te desarma, una invitación a emprender un insólito proyecto (que se parece mucho a un sueño que tuviste una vez), una persona que irrumpe en tu vida y en dos días se transforma en algo monumental, una necesidad acallada que estalla… Acontecimientos que te enfrentan de cara con algo que no estaba pensado, pero que ahora está ahí y hay que integrarlo.

martes, 24 de septiembre de 2013

Mi vida sin mí


Foto: Alexis Fuentes Valdivieso

Resulta que tengo que irme de mi vida por unos días y me siento terriblemente afligida. Voy y vuelvo, pero lo que me cuesta asumir esta lejanía, permitírmela, me hace cuestionar todas mis dotes para existir como mujer con voluntad propia, “moderna”, defensora de su espacio y sus derechos ganados a punta de entrega.
La dificultad para tomar decisiones, casi siempre, estriba entre un exceso de ingenuidad, falta de confianza y creer que somos indispensables y es, en mi opinión, esto último lo que más nos complica. Sobre todo a nosotras que, aún hoy, vivimos bajo la mirada de una sociedad extremadamente exigente y que espera que podamos con todo, siempre.
Y encima, vamos y creamos nuestro micromundo donde nos situamos como núcleo, alrededor del cual gira todo lo que hemos colocado ahí para dar sentido a la vida: hijos, trabajos, casa, gatos, dinero, plantas, cuadros, libros, discos, zapatos, ropa bonita, el bienestar general… todo. Cada uno ordena su vida como estima adecuado, pero siempre nos ubicamos en el centro con la convicción de que sin nuestra labor, presencia y acción precisa, nada funcionaría.

martes, 17 de septiembre de 2013

El ser y la nada

Foto: Cristian Duque García

Hace tres noches se oía un tremendo barullo en la escalera, carreras, gritos de “rápido, rápido”… Sólo alcancé a ver que se llevaban al señor del estacionamiento en camilla y decían algo de que no movía las piernas.
Un hombre que siempre, siempre, siempre, estaba sentado, mirando entrar y salir a medio barrio. El estacionamiento es un negocio familiar, y él uno de los hijos del dueño que nunca hizo nada más, según dicen.
Es un hombre bastante gordo, así que bajarlo no fue fácil para los dos camilleros que ponían todo su empeño en no resbalar, chocaban con los muros y la barandilla, y la manta que le habían puesto no evitó que todos viéramos demasiada piel. Me entré antes de que llegaran abajo un poco impresionada, más que nada, por lo grotesco de la escena.
Don Pedro vive solo, pero tiene un hijo que entra y sale de vez en cuando. Desde la ventana de mi cocina se ve su balcón porque además vive justo encima del parking, y algún domingo o festivo mientras hago el desayuno puedo verlo ahí, también sentado, nunca con una revista, nunca con un periódico deportivo o una radio, siempre medio tumbado aparentemente tomando el sol. Alguna vez tuvo un perro que no sé si huyó o murió.
Al día siguiente me subo al ascensor y ahí está el hijo de Don Pedro, y como ya sabemos que hace un poco de frío y a veces calor, le pregunté: “- ¿Y qué tal tu padre?” - “Kapút”, me dijo. Aún faltaban tres pisos hasta la salida, pero no pude decirle nada más. No me impresionó tanto que se hubiera muerto el señor del estacionamiento como que su hijo me dijera “Kapút”. Tal vez el chico tenga muy buenas razones para expresarse así. Es cierto que, a veces, muere alguien y se respira mejor, pero su terrible indiferencia me abofeteó.

martes, 10 de septiembre de 2013

No más de 30


 Foto: Cristian Duque García
La primera vez que fui a New York me di cuenta que venía cinco años tarde en esto de vivir. Me alojé en un albergue juvenil porque era muy joven y estaba iniciando mi versión personal de “On the road” (J. Kerouac).
Ya el primer día, hablando frente a la máquina de Coca-Cola, con el resto de los huéspedes que se movían por el viejo edificio de Amsterdam St. me di cuenta de que, no obstante mi corta edad, yo tenía 5 años más que casi todos, y por tanto, 5 años que me llevaban de ventaja en la gran aventura de descubrir el mundo.
“Todo a su tiempo” nos decían nuestros padres cuando queríamos maquillarnos o salir a una fiesta de noche, haciendo todo lo posible por retrasar nuestro salto de niña a mujer.  Y no sé si hacían bien o mal porque en realidad no es demasiado importante ponerse o no ponerse rimel, lo que sí es importante es darle buena forma a ese deseo por experimentar y descubrir que, más o menos, tenemos todos.
En algunos, esta curiosidad nunca pasa de meterse humos pa’dentro, pero hay otros que el "despertar" lo quieren hacer cambiando de lugar, moviéndose un poco para ver lo nunca visto, y en el caso de las chicas la resistencia del medio se hace mucho más pronunciada porque las mujeres no pueden ir solas por ahí… Pueden, pueden y deben.
Yo estoy totalmente en contra de arriesgar la vida, pero también estoy totalmente en contra de vivir demasiado apegada a la norma y, siendo espabilada y cautelosa, se pueden hacer cosas nuevas sin terminar ni el hospital ni el cementerio.
Hay viajes interiores, dicen… No tengo ni idea, lo que sí tengo claro, y quisiera gritarlo a voz en cuello, es que los tiempos no son tan laxos como se cree y que eso de todo a su tiempo es justo así, pero al contrario.