Hay sentimientos tan vagos, tan difusos que cuesta calificarlos
como malos. Y pareciera que en el fondo albergan algo de bueno, aunque haya que
rebuscarlo.
La nostalgia tan propia de la edad adulta y que atribuimos
con tanta facilidad a los abuelos que siempre están destacando las ventajas de
un pasado mejor, es algo también muy propio de la mujer, del romanticismo y el
suspiro por el amor que se rompió o evaporó de tanto vivirlo.
Mi mamá, por ejemplo, te hace sopa de nostalgia con cuatro
imágenes de la semana pasada, no te digo ya el guiso que puede liar si la animas
a remontarse a la tarde de aquel verano cuando
todos éramos chicos y jugábamos (según ella) felices a la sombra de un
limonero…
Me he visto estos días tan de hormonas caprichosas sucumbir
al embrujo de la nostalgia sin oponer demasiada resistencia, a pesar de que ha
sido un propósito vital nunca añorar lo anterior.






